Una vez, una profesora de mi escuela de natación, al ver los años que llevaba yendo semanalente a clase, me dijo: «¡Qué constante eres!». Me llamó mucho la atención esta afirmación, ya que yo me consideraba alguien bastante desorganizada, caótica y que no cumplía muchas cosas de las que me proponía.
Esta situación tan sencilla me llevó a reflexionar sobre mi constancia… y también sobre mi inconstancia. Y me empecé a dar cuenta de que, efectivamente, había muchas cosas en mi vida que perduraban, y que en realidad, yo era una persona mucho más constante de lo que pensaba.
¿Qué significa «mi constancia en la inconstacia»?
Sin la necesidad de planificar, de ser rígida; con la necesidad de escuchar mis apetencias, respetar mis estados de ánimo, etc. hay cosas que perduran en mi vida. Sin planteármelo, sin imponérmelo; querer a las personas, mantenerme fiel a mis valores (que van cambiando y adaptándose con el tiempo), cuidar las cosas y las personas, dedicarme a la música… ¡dedicarme a este blog!
Nuestras necesidades en el día a día van cambiando de tal manera que el querer estar igual de bien cada día o querer hacer exactamente las mismas cosas cada día, llega un momento en el que no es natural: nos obsesionamos, sentimos que no tenemos fuerza de voluntad o compromiso.
Constancia sería para mi algo parecido a adquirir un compromiso.
Tener compromiso conmigo misma o con algo es saber que estaré tres o cuatro días, o una semana, o un mes, sin poder hacerlo, y que lo voy a retomar, porque confío en mi y porque pienso que todo este rollo de «si no lo haces ahora no lo harás nunca», «si lo dejas para mañana no vas a hacerlo», «si dejas de hacer ejercicio/estudiar/escribir/whatever, te costará mucho retomarlo»… son creencias que nos limitan y nos condicionan.
¡Tenemos que confiar más en nosotros mismos!

Claro que cuesta volver a adquirir un hábito, claro que cuesta volver a hacer algo que hace días que no hacemos. Pero la vida sucede y a veces nos aparta de lo que nosotros «creemos que tenemos que hacer». Que sea difícil no significa que sea imposible.
Por ejemplo, escribo un diario desde que soy pequeña. ¿Cada día? Ni pensarlo. ¿Cuándo?Cuando lo necesito, cuando me nace… sin la necesidad de anotarlo en una agenda o encajarlo en un horario, hace más de 40 años que escribo… ¿es eso inconstancia o falta de compromiso? Yo creo que no.
Cada salida de sol es una oportunidad. Pensar «bueno, como ya no lo he hecho, ya no estoy a tiempo» o «no sirvo para esto», es no tener confianza en nosotros mismos. Cambiemos el chip: podemos volver a empezar tantas veces como la vida nos lo permita, cada vez que nos lo propongamos, con cada salida de sol.

Esta idea inculcada de «ser perfectos» cada día del año, de cumplir un horario prefijado sin tener en cuenta que somos seres cambiantes, que evolucionamos, que la vida pasa y pone ante nosotros situaciones inesperadas -de salud, familiares, económicas…-. ¡Incluso el tiempo atmosférico puede hacer que cambiemos la manera de percibir el día a día o cómo lo planteamos en el momento!
Nuestro cuerpo cambia, nuestras necesidades no son siempre las mismas, la vida nos hace pensar distinto a medida que vamos aprendiendo cosas. El trabajo está en conocernos a nosotros mismos, en estar atentos a los cambios, a nuestras necesidades. Los cambios no son fruto de nuestra inconstancia ni de nuestra imperfección, todo lo contrario, son fruto de nuestra naturaleza.
No sirve de nada pretender tener una disciplina que cuando no somos capaces de cumplir, nos hace sentir culpa. Cuando no podemos «cumplir» algo que nos hemos propuesto, podemos preguntarnos: ¿de verdad quiero hacerlo? ¿cómo puedo encajarlo mejor en mi vida «real» (no en la que dibujamos en el planificador)? ¿es realista el objetivo que me he propuesto? ¿cuáles son mis prioridades ahora?.

De más joven, me hacía horarios y me frustraba no poder cumplirlos más que unos pocos días. A medida que me daba cuenta de ello, empecé a planificar a la inversa: siempre que quiero incorporar algo a mi día a día, empiezo observando: ¿cuándo es que me apetece? ¿cuándo es que me viene la idea de hacerlo? ¿qué siento después de haberlo hecho? ¿me suma energía o me la resta? Y así durante al menos un par o tres de semanas: cuando sé todo esto, sé mejor con qué frecuencia, intensidad o dedicación quiero y puedo hacer algo y cuándo y cómo es realista encajarlo en mi vida. Una idea que os lanzo.
Tener disciplina, constancia o compromiso es, para mi, tener un hábito de contacto interno con nuestras necesidades y dárnoslas, siempre que podamos, en la medida de lo posible, con amabilidad y compasión.
Lo único constante es el cambio.
Seamos constantes en nuestra inconstancia.
Gracias por leer.
Cecília


